Y no falta hace que lo entienda.
Quien se quiere ir, que se pire.
Quién
no se quiere ir pero sigue estando y volviendo una vez tras otra para
tocar los cojones cuando mejor estás, que se pire y si no, échalo.
Porque
dejar ir a quien ya está más fuera que dentro, es un acto de amor
propio, aunque nos cueste muchísimo soltar esa mano que en algún momento
creímos que nos daba calor.
Las cosas se acaban, por mucho que duela.
Sostenerlas
para que no se rompan mientras oyes cómo se van resquebrajando, hace
más daño que dejar que caigan en el suelo y vuelen por los aires.
No
somos las sobras emocionales de nadie ni muñecos ni muñecas a los que
zarandear psicológicamente a disposición del estado de ánimo ajeno
Qué no sabes lo que quieres? Yo sí sé lo que no quiero.
(Paula Marín Psicóloga).
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